Encerrado en su triste caja se mueve inquieto sumido en un profundo sueño, el cabello oscuro se le pega en gruesos mechones sobre la cara ensangrentada por el sudor. Una sombra carmín oscura mancha la espalda de su blanca camisa de seda. Apenas han pasado dos horas desde que amaneciese pero la sed comienza a atenazarse en su garganta, extendiéndose muy lentamente por todo su ser. Sueña algo hermoso, pero es algo que le perturba.

Se respira el aire de París a mediados de siglo XIX. Es el aroma de una ciudad lujosa, burguesa, encantadora. Se oyen cascos de caballos sobre el empedrado de una calle distante, la charla nocturna de un par de enamorados que pasean bajo la luz de la luna, pero todo eso va alejándose y Nathan se encuentra repentinamente dentro de una sala. Es lujosa, a pesar de la escasez de muebles, únicamente un hermoso piano lanco habitaba al fondo del vasto cuarto. La luz de la luna baña el instrumento proporcionándole un fulgor nacarado. Ésa es la única ventana que permanece abierta. Todas las demás se hallan tapadas por una tupida cortina de terciopelo morado. Sin embargo, el resto de la estancia se halla bajo el cálido resplandor ámbar de las velas, que se hallan repartidas por doquier en barrocos candelabros de oro. Empieza a flotar una melodía en el aire, y las débiles llamas bailan ligeramente al compás de las suaves notas. Es entonces cuando Nathan se percata de la figura que hay tocando el piano. Parece una joven mujer, aunque no alcanza a verla con claridad, pues se halla de espaldas a él. Los bucles negros se desparraman perfectos sobre los hombros inmaculados, tersos y blancos. Su piel parece fundirse con el piano, ambos tan pulcramente pálidos bajo el claro de luna. Lleva un hermoso vestido negro de terciopelo y satén, con rojos volantes y adornos. Toda ella parece una muñequita de
porcelana. La mujer se gira y le sonríe. Es una sonrisa tierna pero maliciosa,Nathan conoce esa sonrisa. Aparenta poco más de quince años, su rostro, sin embargo, parece el de una hermosa muchacha inocente, pero sus ojos son profundos y reflejan otra edad, y el peso y el dolor de cada año vivido. Se levanta precipitadamente y cruza la estancia hasta abrazar al vampiro, que la envuelve torpemente con sus brazos. Su piel es fría, pero a Nathan no le importa, porque ahora se halla entre sus brazos. Sin embargo encuentra extraño ese cuerpo, como si sus manos no aceptaran esa cintura de mujer, ni su piel esos pechos apretados contra el suyo. Sin embargo no podía rechazar esa dulce fragancia, ni la suave caricia de los tirabuzones en su rostro.

-Mi niña…-susurró.
-Oh, Nathan, amor mío, mi hermoso ángel de las tinieblas; déjame ser tuya esta noche, antes de que aparezca impertinente otra vez el amanecer.Tenme entre tus brazos ahora que he dejado de ser tu niña para convertirme por fin en tu amante.
Y Nathan besó sus labios, ahora voluptuosos, y recorrió con sus manos las curvas adultas de la mujer. Tocó su cuello desnudo y aún tierno mientras ella le manoseaba con pasión los cabellos. Él posó sus labios en la garganta dispuesta de ella y rompió su piel dejando escapar un pequeño manantial de espeso líquido, y bebió de él recreándose en su sabor, paladeando su textura, acercándose poco a poco al máximo de los placeres. Oía el gemido amortiguado de la mujer bajo el latido acompasado de sus corazones, pero el gemido placentero se convirtió progresivamente en un jadeo lastimero, y el aroma etéreo de la sala se fundió hasta perderse bajo el hedor y la enfermedad. El cuerpo de la mujer se hizo más liviano de repente y pareció menguar hasta adquirir el tamaño de una niña. Nathan abrió los, aterrado, arrancándose de su propio éxtasis y se encontró en aquel lugar inmundo y putrefacto que no había logrado olvidar y que aún le atormentaba a pesar de los años; con la niña huérfana y moribunda entre sus brazos.

Despertó sobresaltado, el rostro sangriento de lágrimas y sudor con el alma encogid entre recuerdos dolorosos. Temblaba frenéticamente sin lograr dominarse, y deseó la muerte para liberarse del tormento de su existencia. Sin embargo el crepúsculo ya estaba dando paso a la noche, y la sed era imperiosa, y Nathan salió nuevamente de caza repugnado aún de sí mismo.

¡Qué triste existencia de eterna agonía sin muerte!

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